Después de tantos entrenos, de haber esperado tanto este día, al final llegó el momento de enfrentarme al maratón, el día en que las dudas se dispararían.
La primera parte de la carreta no tubo mucha historia. Si exceptuamos el dolor en la rodilla que ya me apareció en el kilómetro 5 y que trampee como pude durante toda la prueba, a base de tirarme agua por encima de las piernas, disfruté mucho hasta el medio maratón. Corría a ritmos de entre 4:50 y 5:00 (cosa que no se si al final fue un error), empapándome del ambiente, de los otros participantes, del público, la ciudad. Saludando a la gente que vino a animarme, mi mujer Laia, mis padres y Violeta y Maritxell, que también le echaban un cable a sus respectivos Karli y Abraham.
Mucha gente dice que el verdadero maratón se inicia más allá del kilómetro 30. El mío empezó sobre el 26. Las piernas empezaron a perder su elasticidad y cada vez se asemejaban más a dos patas de silla que a unas extremidades de un ser animado. Hasta que en el kilómetro 30 perdieron toda su flexibilidad y darles movimiento se convirtió en una tarea titánica de mi cerebro y mi voluntad . Tenia un montón de estrategias psicológicas pensadas para cuando llegara este momento. Durante muchos éntrenos, ideé mecanismos mentales, ideas que recordar. cuando la agonía del maratón me invadiera. Me decía a mi mismo: “pensaras en todo lo que has entrenado, en tu familia, en la gente que te apoyado en esto, en los que no lo han hecho...”. Pero a la hora de la verdad, nada de esto me sirvió. Ni siquiera tenía fuerzas para rememorar uno de estos pensamientos. En mi cerebro, sólo había cabida para una idea: “un paso más, un pie delante del otro, no pares, sigue”. Una parte de mí, sobre todo las piernas, me decían que ya basta, que hasta aquí hemos llegado, total por andar un poco. Pero otra parte se rebelaba, una parte donde el haber andado, a pesar de terminar, hubiera sido como una derrota. 
Me acercaba al kilómetro 35, donde sabía que estaba mi familia apoyándome, así que intente poner buena cara, para que no se preocuparan mucho. Pasó por debajo del Arco del Triunfo, Laia y Violeta me animan. De aquí hasta el kilómetro 38 la agonía es infernal, no se de donde saco las fuerzas para seguir corriendo. De hecho, jamás hubiera pensado que podía sufrir tanto y soportarlo. Entro en la calla Ferran, y esto parece el paseo de los zombis. Mucha gente que parece fresca, deja de correr repentinamente, los mas afortunados siguen andando y otros paran a estirar. Me digo: “por que no haces lo mismo, para ya”. Pero sigo. Me he convertido en una especie de autómata del dolor.
Justo en frente al monumento a Colón, una voz que viene de atrás me llama por mi nombre. Es Karli, ha bajado un poco el ritmo y lo he pasado sin ni siquiera verlo. Se une a mi ·via cruzis” y nos acercamos a los últimos kilómetros con unos tiempos de paso del todo patéticos, por encima de los 6 minutos el kilómetro. No queda combustible para más. Parece mentira, pero enfilamos ya la calle Sepulveda, la calle más larga del mundo. A lo lejos, muy a lo lejos, se vislumbra la penúltima curva. Por fin la giramos y ya olemos la meta. Veo a Laia, le dedico todo esto y empiezo a levantar los brazos. Karli me dice que ya está que lo hemos logrado. Cruzamos la meta juntos, levantando los brazos y parando el crono en 3 horas 37 minutos y 28 segundos. Nos abrazamos como si nos hubiéramos salvado de una catastrofe.
Casi se me cae una lagrimilla, cuando una chica de la organización me cuelga la medalla que acredita que he finalizado el maratón. El triunfo de la irracionalidad del sufrimiento sobre lo racional, que es dejar de sentirlo. Pero como alguien ha dicho por aquí, los que nos metemos en estos berenjenales no somos muy “normales”.
Al final puedo besar a mi mujer y abrazarme a mis padres y empezar a pensar en la próxima locura.
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Quisiera dar las gracias a todos los que me han apoyado en este pequeño sueño hecho realidad. A Laia, que ha aguantado todos mis entrenos y lo que es peor, todas mis neuras. A mis padres. A mis compañeros de entreno Abraham. Juan y sobretodo Karli, del que he aprendido muchas cosas. A Violeta, sin sus masajes y consejos esto hubiera sido mucho más duro y a todos los que habéis dejado algún mensaje en este blog. Os prometo que me han servido mucho.