domingo, 15 de noviembre de 2015

Dos años y seis meses


Suena a condena carcelaria y casi lo ha sido. Un calvario que empezó con los tendones de Aquiles, los dos y que continuó con una ristra de molestias y lesiones de todo tipo. Más de dos años sin competir entrenando a trompicones y sobre todo con una moral por los suelos y de tanto en tanto algún momento de desesperación casi absoluta. Y lo peor de todo, mil vueltas dadas a las cosas, culpabilidad por creer no haber hecho bien las cosas, verse demasiado mayor para esto, creer que ya se ha terminado...
Muchos problemas físico, pero un gran problema mental.
Ahora mismo el tema físico no lo tengo aun resuelto, pero la luz, pequeñita y titilante, se ve al final del túnel. Lo mejor es que la parte mental está ya en marcha. Ha costado, pero al final me he dado cuenta. Sólo tengo un camino y es el de seguir intentándolo. El abandono no lo puedo contemplar y no es por una  cuestión de arrojo, valentía o fe. Es porque no tengo más remedio, estoy demasiado enganchado a esto como para dejarlo sin luchar hasta el final. Mientras quede una puerta no tengo más remedio que abrirla. Porque duele mucho más no hacer nada que los mil dolores que pueda sufrir intentándolo.
En estas estoy, intentándolo, progresando muy lentamente. Lo bueno de empezar de cero es que recuperas cosas que hace mucho que no tenías. Antes salir y correr 5 km era un día de recuperación, ahora es un logro enorme, como cuando empezaba en esto y todo era nuevo. A eso me agarro, a todas estas sensaciones y sobre todo a la ilusión de volver un día, no se cuando. Desenterrar un día el porta dorsal, que ya no se ni donde lo guardo y llevármelo a la salida de un triatlón. Me vele un esprint. Y tener esa sensación de agonía feliz, imposibles de describir.


 
En honor no a la verdad. Sí he competido un día. Aquatlón de Premià por relevos. Gracias a mi amigo Karli que me arrastró a la playa

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